viernes, 23 de abril de 2010

El factor olvidado


Antes, cuando la gente caía enferma se metía en la cama, y continuaba en ella hasta que se curaba, momento en que el enfermo se levantaba, pedía comer un huevo fresco y se marchaba a sus quehaceres. Otra salida posible era hacia el cementerio, si las cosas salían mal. Salvo en caso de epidemias o hambre, se pensaba que el estado natural de una persona era la salud, no la enfermedad. Hoy pensamos que el estado natural de una persona es la enfermedad, o al menos la preenfermedad. Eso resulta lógico si pensamos que nunca ha habido más médicos que ahora, y que los galenos nos examinan de continuo.

Antes era una práctica profesional común despedir al paciente con la frase típica: “está usted como un roble”. Eso quería decir una despedida sin compromiso hasta la próxima visita, para la que podían faltar años. La frase ya apenas se escucha en las consultas. Incluso el hombre o mujer más saludable del mundo está preenfermo. Tiene que vigilar su colesterol. Los niveles de glóbulos están bien, pero conviene que se haga otra prueba dentro de unos meses. Ese grano probablemente no es nada, pero convendría estar seguros con una biopsia. Recuerde que a partir de los cincuenta años es conveniente hacerse una colonoscopia de vez en cuando. La próxima mamografía le toca en septiembre. A partir de los cuarenta tenemos que hacerle un electrocardiograma.

Lógicamente, ningún ser vivo puede salir sano de semejante escrutinio. Pero lo malo es que los médicos tienen razón: puede que vivamos muchos más años que nuestros bisabuelos, pero vivimos bastante más averiados. El complejo de enfermedades de la abundancia –cáncer, diabetes, problemas cardiovasculares, enfermedades autoinmunes– es una epidemia de la que casi nadie se libra. Los médicos insisten en que el estilo de vida –saludable o no– que llevamos determina si somos sanos o no. Hasta cierto punto es verdad. El problema es que hay muchas personas que llevan estilos de vida virtuosos que sufren todas esas enfermedades, y muchos crápulas que se escapan de ellas. La relación entre la salud que disfrutas y el estilo de vida que llevas es innegable, pero es estadística, y ni siquiera demasiado significativa. Tomando las cinco míticas raciones diarias de frutas y verduras, reducimos el riesgo de enfermar en un 40%. O en un 30%. O tal vez sea menos todavía.

Una iglesia que garantizara a sus fieles sólo un 35% de probabilidades de salvación después de una vida entera entregada a la virtud sería un fracaso. Y la genética es de gran ayuda para explicar el 65% restante de enfermedades, pero solo hasta cierto punto. Lo cierto es que hay un gran porcentaje de los achaques de nuestra civilizada cultura que no se pueden explicar por el estilo de vida ni por la lotería genética. La explicación está ahí fuera: es el factor ambiental. De la misma forma que los kiwis de Nueva Zelanda cayeron como moscas ante elementos de su medio ambiente para los que no estaban preparados –ratas y perros– parece ser que el cuerpo humano no sabe cómo lidiar con cientos y miles de moléculas deletéreas que nuestra civilizada cultura se ha encargado de diseminar en cantidades ingentes por nuestro medio ambiente. O con determinadas radiaciones y vibraciones, o simplemente con el exceso de ruido.

La reivindicación del factor ambiental en la salud está solamente empezando. Ahora mismo la cantidad de información que recibimos en los medios de comunicación acerca del impacto de los estilos de vida saludables, la genética y el medio ambiente en nuestra salud debe tener una proporción aproximada de 10/7/1. Para elevar este pequeño porcentaje, cada día salen a la luz nuevas informaciones sobre los elementos tóxicos de nuestro medio ambiente. Recientemente se ha lanzado la película francesa “Nuestros hijos nos acusarán”. Tal vez algún día se empiece a plantear una política con sentido común de erradicación de componentes tóxicos de nuestro medio ambiente, antes de que alguien nos señale con el dedo acusador.

martes, 13 de abril de 2010

La energía, la nueva conexión entre la gente, el dinero y la tecnología

Es el título de la conferencia que se va presentar, entre el el 18 y 21 de abril próximo, en el foro Innovation for Sustainable Production de i-sup, Brujas 2010.

Se trata de las redes eléctricas inteligentes del futuro “Smart Grids” planteadas por la Plataforma Tecnológica Europea.

Dicha plataforma se ha creado para motivar y debatir sobre la conveniencia de pasar de la red eléctrica centralizada a un modelo de redes eléctricas descentralizadas. Donde no sólo grandes centrales eléctricas provean electricidad a la red, sino que desde muchos y diversos nodos se inyecte el suministro a la red eléctrica. Esto es posible si se conecta todas las posibles fuentes energéticas, grandes y pequeñas, como instalaciones domésticas de energía renovable.

El objetivo, integrar en la red a todos los generadores y consumidores, y aquellos que hacen ambas cosas, con el fin de asegurar de manera eficaz y de forma eficiente el suministro eléctrico.

Los beneficios de las Smart Grids:

Facilitar la conexión y el funcionamiento de todos los tipos de tecnologías y tamaño de generadores.

Permitir a los consumidores participar en la operación del sistema.

Informar a los consumidores de todas las opciones y ofertas de suministro.

Reducir el impacto ambiental del sistema eléctrico de abastecimiento.

Mejorar los niveles de calidad, confiabilidad y seguridad del suministro.

Propiciar la integración de los mercados energéticos europeos.

miércoles, 7 de abril de 2010

Vehículos revolucionarios


Además del Tata Nano EV (la versión eléctrica del vehículo compacto que sacó al mercado el fabricante indio hace un año), están apareciendo otros vehículos realmente interesantes para moverse por la ciudad. Uno de los mejores es la bicicleta eléctrico de tres ruedas (o tricicleta) de pedaleo asistido.

La bicicleta de toda la vida es un vehículo perfecto, pero requiere práctica y un cierto esfuerzo muscular que muchas personas no están dispuestas a hacer. Las bicicletas eléctricas convierten en llanas las cuestas arriba. Si además tiene tres ruedas, y un asiento con respaldo, el resultado es una oferta irresistible de transporte autónomo, de emisión cero y silencioso, que ocupa apenas 1 metro cuadrado de espacio en la calle y se puede guardar en el cualquier rincón de la casa –muchos modelos son plegables.

También tenemos las motos eléctricas, los segways (esos tentesiesos eléctricos de dos ruedas que se conducen de pie) y diversos vehículos híbridos entre la bicicleta, la moto, el coche y el patinete, desarrollados muchos de ellos en Japón, todos de emisión cero, silenciosos y ocupando poco espacio por pasajero. En conjunto, estos vehículos van a revolucionar el transporte urbano privado.

Su rival, el coche convencional, que necesita más de 10 metros cuadrados de espacio, 1.500 kilos de metal y plástico, emitir gran cantidad de gases tóxicos y producir un ruido en proporción para transportar a 1,3 personas (de media), ya es un anacronismo, una antigualla en vías de extinción que desaparecerá pronto de nuestras ciudades.