miércoles, 1 de julio de 2009

El fin de la civilización de la combustión


Hacia 1700, ya no quedaban bosques en Inglaterra, por lo que hubo que recurrir al carbón para calentar las casas. Londres estaba ya en 1750 “sumergido en el pecado y en el humo de carbón mineral”. Desaguar las minas de carbón en el húmedo clima inglés exigía gran cantidad de energía, que las norias tiradas por caballos apenas podían proporcionar. Las bombas de vapor salvaron la situación. Pronto se vio que quemar combustible para producir trabajo útil a través de fluidos de alta temperatura se podía aplicar a casi cualquier máquina, incluyendo a los carruajes. Así surgió nuestra civilización.

Más de dos siglos de experiencia es suficiente. Ya hemos quemado demasiados billones de toneladas de carbón, petróleo y combustible nuclear, dejando de paso a nuestros descendientes la cantidad proporcional de gases no deseados y radiactividad en la biosfera. Ya es tiempo de abandonar el sistema basado en la combustión de abastecimiento de energía. Puede que sigamos quemando leña, pero el resto debería tener la cortesía de desaparecer.

La civilización basada en quemar cosas está dando sus últimas boqueadas con iniciativas como el “carbón limpio”, los motores de gasolina “ultraeficientes” o las centrales nucleares de quinta o sexta generación “100% seguras”. Nada de esto es el futuro, sino tentativas de alargar una situación insostenible. Hoy mismo, aparecen declaraciones en los periódicos de Patrick Moore, fundador de Greenpeace y ardiente defensor de la civilización combustible, variante atómica: “la energía nuclear es el futuro”. James Watt, uno de los padres de la máquina de vapor allá en 1784, no estaría de acuerdo. Si Watt viviera hoy, no creo que dedicara mucho tiempo a tecnologías obsoletas: estaría trabajando en las tecnologías solares de alto rendimiento, procesos de mejora de la eficiencia o gestión inteligente de las centrales virtuales renovables.

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